Mi generación y probablemente las posteriores hemos crecido como lectores sin conocer a las mujeres escritoras de la Generación del 27. En la formación de los interesados aparecieron tardíamente los nombres de Rosa Chacel, Carmen Conde y Blanca de los Ríos y quizá por razones ajenas a sus textos. Gabriela Mistral, a pesar de su Premio Nobel, sigue siendo una gran desconocida y a Alfonsina Storni la popularizó la canción "Alfonsina y el mar", de Félix Luna y Ariel Ramírez, sin desmerecer la hermosa puesta en escena de la productora Almatwins en la obra teatral de Joaquín Dohldan, dirigida por Pedro Domínguez.
Tampoco nos llegaron a tiempo los nombres de Dulce María Loynaz, de Ernestina de Champourcín ni de Pilar de Valderrama, la bella Guiomar de don Antonio. Quienes sonaron más fueron Concha Méndez, por su vinculación con Manuel Altolaguirre y Gloria Fuertes, injustamente caricaturizada por los medios. Todas fueron mujeres libres.
Ahora, estando aún vigente ese ninguneo femenino de las voces de la posguerra y teniendo sin embargo otras voces que sí que han resonado, es decir, las masculinas y las inevitablemente famosas como Margarita Xirgu o Maruja Mallo, hay una obra de teatro, del aula del mismo nombre de la Universidad de Sevilla que les ha dado nombre a ellas y a ellos, a los que murieron ante el pelotón, en la cárcel o huyendo enfermo de su patria y a los que se quedaron en la clandestinidad por disentir, por opinar distinto y, a veces, solo por ser escritores o poetas.
La obra se subtitula "Los del 27" y aunque la autora y directora, Manuela Luna, comenta en su introducción el papel de la mujer en esa época, lo que sucede es que los autores eternos se hacen presentes una reunión secreta, organizada tras el dolor por el asesinato de Federico Garcia Lorca.
Allí se ven, con algún atuendo de los que han perdurado en nuestra memoria a Rafael Alberti, con María Teresa León; un atildado Vicente Aleixandre; Juan Ramón Jiménez, encorbatado y magistral; Luis Cernuda, desenfadado; Miguel Hernández, que viene del campo de batalla; María Zambrano, respetable; Antonio Machado, anciano y lúcido; Margarita Xirgu, Maruja Mallo y Agustina González, la gran amiga de Federico.
Todos hablan, conmocionados por el acontecimiento que los une y recitan algunos de sus poemas y la "Elegía a Ramón Sijé", en la voz de Juan Ramón; la tensión dramática se balancea entre la emoción y el llanto y también por la asombro ante la ejecución de unos actores no profesionales que en todo momento conectan con el público.
En el escenario se han expuesto las verdades de una época, que no conviene olvidar y, especialmente, las víctimas de todas las guerras que son la verdad y la cultura. En cierto momento se rompe la cuarta pared, lo que intensifica la conexión y el recuerdo que todos, letraheridos y no, de esos autores, de esas obras, de esos textos.
La pieza es un acierto y no está de más recordar el legado de los intemporales en sus voces, aunque sea en la ficción, que la realidad no está para muchas celebraciones y sí para reverdecer la memoria; de hecho el título de la obra es "Memoria, memoria, memoria".
www.sevillainfo.es, 5/5/2026
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